Esta humilde parcela de ciber-espacio tiene el placer de presentarles una de las primeras creaciones de Irene T. Vences, de quien orgullosamente puedo prusumir su amistad.
Su particular y neonato estilo de escribir cuentos, puedo clasificarlo como no menos que ecléctico contemporaneo. En el cuerpo de sus obras se identifica claramente la inflencia de los grandes latinoamericanos de las letras y en su estructura, el dejo de los clásico universales del misterio.
Sin afanes megalómanos ni intentonas presuntuosas, he decidido sacar del mero ámbito académico (y del anonimato) sus cuentos porque considero, salvo su mejor juicio, que si existe algo bueno que leer, éste también es digno de ser compartido con la comunidad.
¿CÓMO MORIR DE AMOR?
Historia de un psicópata
Todo el lugar estaba inundado de aquellos aromas que bien combinaban con la época del año. Se podía percibir el perfume de la infinidad de flores del pequeño mercado. Él se entretuvo en uno de los puestos de mayor tamaño. Era atendido por una anciana de unos setenta y cinco u ochenta años, que le dio la impresión que desentonaba con la frescura del resto del jardín imitado, aún así, en ningún momento le dejó de sonreír lo que le valdría tres flores de cortesía. No podía decidirse entre los colores. Definitivamente su elección no tenía que ver con los tamaños, ni los aromas, ni las espinas ni la exotiquez de la planta en cuestión. Pensaba más bien qué tono sería el que mejor lo representara. Mateo tenía 26 años, era alto de facciones finas en contraste con su complexión. El cabello oscuro acentuaba su palidez natural. Las cejas pobladas enmarcaban unos magníficos ojos avellanados de los cuales era imposible decirse otra cosa. Al fin se resolvió por unas fastuosas orquídeas. Caminaba a paso lento, absorto en sus pensamientos. Meditaba una y otra vez cada movimiento que tendría que hacer. << Esto de las flores en definitiva es demasiado- se dijo- ¡Lo que hay que hacer para que las cosas salgan como uno quiere! >>Entonces recordó el día en que la conoció.
Hacía ya más de un año en la oficina. Fue justo en el tiempo en que Mateo estaba obsesionado con una promoción que le fue negada al menos en tres ocasiones. Se consolaba diciendo entre dientes <<¡Qué imbéciles ciegos todos! Pero se van a arrepentir>> No soportaba a casi todos sus compañeros, pero nunca dejó de sonreír. No es que fuera hipócrita, más bien sentía que de alguna manera se trataba de un juego de irónicas consecuencias. Evelin en cambio, era de un carácter amigable, apreciada por los hombres y envidiada por las mujeres. Su seguridad y confianza distaba de su menuda complexión. Pelirroja, ojos tan seductores como sólo los ojos verdes lo son, boca delgada, nariz de ninfa que junto con las pecas disimuladas con maquillaje, concebían una osada belleza. Ella habló primero. Habló demasiado, tanto que sintió conocerla tan sólo en los primeros cuarenta y cinco minutos porque al resto ya no le puso atención.
Comenzaron a salir en las fechas idóneas para un idilio, el frío los obligaba a juntarse o abrazarse. Ese era el mejor pretexto para traspasar la barrera del espacio personal. No se podría decir que fuesen la pareja modelo, sin embargo, cumplían con el protocolo: Evelin conoció a los padres de Mateo e incluso jugaba con su pequeña cuñadita de cuatro años. Algunas veces cocinaba para él. También se encargaba de sus cosas personales como llevar los trajes a la tintorería, limpiaba el departamento, organizaba su agenda etc. Mateo trataba de complacerla en todo y no porque verla feliz lo llenara de satisfacción, sino porque así no tendría que lidiar con ese temperamento de niña caprichosa inherente a Evelin. Lo que le resultaba raro, es que siempre se sorprendía pensando en ella.
Al fin había llegado a casa de Evelin. Una gota de sudor frío bajó por su desencajada sien. Tocó el timbre y esperó todavía repasando el plan. << ¿Podré mirarla a los ojos? – dudó por un momento – ¡Bueno!, creo que finalmente eso tampoco afecta>> Ella abrió, para asombro de Mateo, estaba más arreglada de lo que esperaba. Tardó en responder el abrazo efusivo del que fue preso. Ambos pasaron al comedor que estaba a poca distancia de la puerta por la que habían entrado. El desconcierto de Mateo fue muchísimo mayor al ver una cena preparada con velas. Sólo había un plato puesto, lo cual para él significó su presencia antes de tiempo. Mateo temblaba, por un instante creyó que no lo lograría, su habitual palidez comenzaba a llegar a un punto espectral, pero continuó simulando la misma sonrisa de siempre. << Iré por un jarrón –dijo Evelin alejándose- Son unas orquídeas hermosas >> Mateo respiró profundo agradeciendo el tiempo extra para despejar sus ideas.
Se escuchó un golpe seco seguido del agudo sonido de los trozos de cristales cayendo al piso. Fueron exactamente veintitrés puñaladas, unas más profundas que otras pero todas exactamente con la misma saña sumada a la violencia que solía utilizar. Pudo sentir la sangre tibia de su víctima en mejillas y brazos. Le pareció poco más que excitante seguir oyendo los cada vez más débiles quejidos. Permaneció mirando como agonizaba hasta que después de veinte o treinta minutos el cuerpo quedó sin vida. Fue más simple de lo que imaginó.
Dando un brinquito sobre un charco rojo de considerable tamaño, caminó a la alcoba principal de la casa. Buscó en uno de los cajones del tocador una bolsita de terciopelo rojo amarrada con un cordel amarillo. La llevó consigo de nuevo al comedor. Esculcó el cadáver hasta que encontró justo lo que esperaba. << ¡Lo sabía!- dijo sonriendo – Definitivamente lo que yo tengo es más que intuición, ¡es un don! >> Tomó la diminuta caja negra, sustrajo la joya que había adentro, lo alzó por unos instantes justo a la altura de sus verdes ojos. Miró el anillo con una escalofriante inocencia. Volvió a sonreír al tiempo que lo guardaba en la aterciopelada bolsa. Sumaban cinco anillos con éste. Todos eran una historia distinta, en distinta ciudad, con distintas maniobras aunque justo el mismo final. Efectivamente, Evelin parecía gozar de algo más que de simple intuición para que todo coincidiera. Cogió las orquídeas y las puso en un jarrón nuevo pero más pequeño que con el que golpeó a su novio en la cabeza. Como consumación de su rito, prendió las velas, se sentó, destapó la botella de vino, sirvió una copa y empezó a degustar su cena sin prisa alguna.
Mateo yacía apuñalado en el piso, con los ojos abiertos perdidos en el vacío. Quizá murió preguntándose los cómos o los por qués, quizá murió aliviado de ya no tener que preguntar: “¿Te casarías conmigo?”
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